Las dos mujeres reían, felices, disfrutando del café que calentaba las manos y las voces. Por un instante el mundo se redujo a confidencias, a miradas cómplices y a la sensación segura de la amistad. Nadie sospechaba que, a pocas cuadras, un hilo oscuro empezaba a tensarse.
Anna besó la mejilla de Lucía y se puso en pie.
—Bueno, Lu, me voy al orfanato. Nos vemos después. Me encantó saber que estás bien con Joaquín.
—Sí, demasiado bien —contestó Lucía con esa sonrisa pícara que la hacía brillar—