Esa noche, como todas las anteriores, Leandro se vistió de su hermano.
El traje oscuro, el reloj que había robado del cajón de Lissandro, el perfume idéntico que ya casi podía identificar con el tacto. Cada gesto era un eco: la forma de caminar, el modo en que encendía un cigarro, incluso la mirada fría que había aprendido frente al espejo.
En el reflejo del ventanal, ya no era él.
Era Lissandro San Marco.
El que todos temían.
El que nadie debía descubrir.
Salió del departamento con paso seguro