Lissandro había pasado la noche en vela, como si el sueño fuera una traición. Cada minuto sin noticias de Anna le quemaba la garganta; el silencio se le hacía insoportable. No sabía si llorar o romper algo. Cuando llegó a la oficina esa mañana después de pasar toda la noche recorriendo las calles buscándola, sus manos todavía olían a café y preocupación.
En la sala principal, Cristian y Arthur ya estaban, con el ceño marcado por la misma ansiedad que le corroía a él. Joaquín y Lucía entraron de