Pueden ser felices.

La casa de seguridad estaba en completo silencio.

El aire olía a desinfectante y a té de hierbas. En cada habitación había camillas, frazadas limpias y mujeres que intentaban entender dónde estaban.

La doctora Rivas, madre de Lucciano, revisaba una ficha mientras él la ayudaba con los sueros.

—Son unos animales… —gruñó Lucciano, conteniendo la rabia—. No puedo creer que hayan dejado a estas mujeres en este estado. Ni siquiera sé de dónde son, hablan otro idioma.

—Tranquilo, hijo —respondió la d
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