La noche caía sobre la ciudad como un manto de tormenta.
Las luces de los edificios parpadeaban entre la neblina, y el silencio solo era interrumpido por el sonido del cristal rompiéndose en la oficina del piso cuarenta y tres.
—¡Maldita sea! —rugió Leandro, lanzando una botella contra la pared.
El whisky se derramó por el suelo, mezclándose con los restos de vidrio y los papeles rotos que cubrían el escritorio. Sus manos temblaban. El nudo en su garganta era tan fuerte que apenas podía respira