La enfermería del orfanato olía a alcohol, algodón y dulzura infantil.
Lucciano estaba de pie junto a la camilla, preparando jeringas y algodones con precisión quirúrgica. A su lado había una bandeja impecable con vacunas listas para usar.
—Bien, pequeñas monstruitos… hoy nadie se escapa —murmuró para sí mismo, ajustando la manga de su bata con resignación.
Desde el pasillo, los pasos apurados resonaron como un pequeño ejército en retirada.
Diana, que caminaba hacia la oficina de Anna, se detuv