Hay que ser fuertes.
La noche cayó sobre la celda como un manto espeso y silencioso.
El calor del día aún se sentía atrapado entre las paredes de concreto, pero ahora el aire era más denso, más pesado. Afuera, el sonido lejano del mar llegaba en ráfagas suaves, mezclado con el silbido del viento.
Anna y Agatha estaban acostadas juntas sobre el colchón delgado, compartiendo el poco espacio y la esperanza que tenían las dos en los gemelos San Marco.
Sabían... Sabían que después de haber dejado el GPS en la arena, des