El despacho de Lissandro estaba en silencio, apenas roto por el sonido del reloj de pared.
Joaquín entró con un fajo de carpetas en la mano, el rostro tenso.
—Aquí están todos los informes de las mujeres que encontramos —dijo, dejándolos sobre el escritorio.
Lissandro se sobó el puente de la nariz, exhalando con cansancio.
—Necesito saber desde cuándo han estado bajo nuestras narices sin que nos diéramos cuenta.
Leandro, que observaba por la ventana con las manos en los bolsillos, se giró y le