El galpón 19 olía a sangre y a miedo.
Más de diez hombres colgaban boca abajo, amarrados por los pies, sollozando, algunos suplicando piedad.
Arthur y Cristian se movían entre ellos con precisión metódica, organizando las herramientas sobre una mesa metálica. Cuchillos, cables, sopletes, pinzas… cada instrumento tenía su lugar.
El sonido de los pasos de Lissandro resonó en el suelo de cemento.
El silencio cayó de inmediato.
Lissandro San Marco había llegado.
Vestía un abrigo negro, los guantes