Lissandro llegó a la sede de la organización con el rostro endurecido y una sombra más oscura que de costumbre. La faceta del amante tierno había quedado atrás; en cuanto cruzó las puertas metálicas, volvió a ser el mafioso, el San Marco temido. Sus pasos resonaron en los pasillos, y los hombres que lo veían apartaban la mirada con respeto y miedo.
Joaquín fue el primero en interceptarlo. Lo había estado esperando, y al verlo aparecer su expresión se iluminó de orgullo. Era como recuperar al je