Leandro llegó a la torre empresarial con el rostro endurecido y el rostro todavía manchado de sangre seca. Subió directo a su oficina en el último piso, sin saludar a nadie, ignorando a la secretaria que intentó detenerlo con la agenda en la mano. Las puertas se cerraron tras él con un golpe seco que retumbó en todo el piso.
El silencio lo golpeó. La sala impecable, el escritorio ordenado, los cuadros de triunfo en las paredes… todo parecía burlarse de él. Anna, su Anna perfecta, lo había elegi