Anna se acurrucó junto a él, apoyando la mejilla en su pecho desnudo, besando su piel con ternura después de entregarse a sus deseos.
—Vamos mañana a tu cabaña en el río… —susurró—. Me gustaría bañarme contigo.
—¿Mmm, desnuda? —preguntó él con picardía.
—¡Lissandro! —ella lo empujó suavemente, sonrojada.
Él rió con esa risa grave que la estremecía.
—Está bien… lo que ordene la princesa. Vamos mañana.
Ella levantó la mirada, con los ojos brillantes.
—Lissandro San Marco, te amo… y te amaré en e