La noche era fría en la base Moretti, un complejo oculto en las colinas del norte de Italia, lejos de la ciudad y del bullicio.
Las luces blancas de los pasillos se reflejaban en el metal y el concreto.
Todo olía a desinfectante, a aceite de armas, a café recién hecho por los guardias que no dormían.
El helicóptero aterrizó en la pista trasera poco después del amanecer.
De él bajaron Lissandro, Lucien, Leandro, Paolo, Noah, Silvano y Joaquín.
Sus rostros eran máscaras de cansancio y frustración.
Habían creído terminar la cacería… y solo habían atrapado a un pobre diablo.
El falso Bruno Borcosqui —o más bien, Ángel Danielli— fue llevado directamente al sector de interrogatorios.
Lucien había ordenado que nadie lo tocara; quería la verdad, no una venganza ciega.
En la sala de control, Paolo revisaba los archivos que Noah había descargado durante la noche.
El sonido constante del teclado llenaba el aire.
—A ver… —murmuró Paolo, mientras en la pantalla aparecían registros antiguos—Encontr