La noche era fría en la base Moretti, un complejo oculto en las colinas del norte de Italia, lejos de la ciudad y del bullicio.
Las luces blancas de los pasillos se reflejaban en el metal y el concreto.
Todo olía a desinfectante, a aceite de armas, a café recién hecho por los guardias que no dormían.
El helicóptero aterrizó en la pista trasera poco después del amanecer.
De él bajaron Lissandro, Lucien, Leandro, Paolo, Noah, Silvano y Joaquín.
Sus rostros eran máscaras de cansancio y frustración