El silencio tras la batalla era irreal.
El humo de las granadas aún flotaba en el aire, mezclándose con el olor a pólvora, sangre y mar.
Las llamas de los vehículos incendiados lanzaban destellos anaranjados sobre los rostros de los hombres de los San Marco, iluminando por momentos sus miradas agotadas y su respiración agitada.
El complejo de Bruno Borcosqui había caído.
Las cámaras de seguridad estaban destruidas, los guardias muertos o huyendo hacia el bosque.
El sonido del viento se colaba entre los muros, arrastrando consigo el eco de los disparos que ya se apagaban.
Lissandro avanzaba con el arma en la mano, los ojos grises fijos, letales.
Leandro caminaba a su lado, cubriéndole el flanco con precisión militar.
Lucien, detrás, daba instrucciones breves por el auricular, mientras Paolo revisaba uno de los pasillos, con su linterna barrendo las sombras.
—Zona despejada —informó Joaquín desde el segundo piso—.
Encontramos rastros de sangre, pero nada más.
—Sigan buscando —ordenó Lis