El silencio tras la batalla era irreal.
El humo de las granadas aún flotaba en el aire, mezclándose con el olor a pólvora, sangre y mar.
Las llamas de los vehículos incendiados lanzaban destellos anaranjados sobre los rostros de los hombres de los San Marco, iluminando por momentos sus miradas agotadas y su respiración agitada.
El complejo de Bruno Borcosqui había caído.
Las cámaras de seguridad estaban destruidas, los guardias muertos o huyendo hacia el bosque.
El sonido del viento se colaba e