La mañana siguiente llegó igual que las anteriores.
El sonido del mar, el viento, el tintineo metálico del grillete que aprisionaba su tobillo.
Anna estaba sentada en la orilla de la cama, esperando.
A la misma hora de siempre, la puerta se abrió y entró la mujer de siempre: silenciosa, inexpresiva, acompañada de dos guardias.
Uno se agachó para liberar su pierna, otro vigilaba con el arma en mano.
—Tiene veinte minutos —dijo uno de los hombres con voz seca.
Anna se puso de pie, caminó hacia el baño y tomó una ducha rápida.
El agua tibia no alcanzaba para calmar el temblor de su cuerpo.
Cuando volvió a vestirse, la cámara de vigilancia ya estaba cambiada, reluciente, apuntando directo a su cama.
Anna apretó los dientes.
—Díganle al bastardo de su jefe —dijo con voz firme— que no importa cuántas veces cambie la cámara. Siempre la romperé. No permitiré que me mire.
La mujer levantó la mirada por primera vez.
—Lo siento, señorita. Esta cámara es especial. Ya no podrá romperla.
Anna sonri