La mañana siguiente llegó igual que las anteriores.
El sonido del mar, el viento, el tintineo metálico del grillete que aprisionaba su tobillo.
Anna estaba sentada en la orilla de la cama, esperando.
A la misma hora de siempre, la puerta se abrió y entró la mujer de siempre: silenciosa, inexpresiva, acompañada de dos guardias.
Uno se agachó para liberar su pierna, otro vigilaba con el arma en mano.
—Tiene veinte minutos —dijo uno de los hombres con voz seca.
Anna se puso de pie, caminó hacia el