Las hélices comenzaron a girar mientras la noche se cerraba sobre la ciudad.
El viento levantaba polvo, hojas secas y el olor metálico de la sangre reciente. Lissandro subió al helicóptero sin mirar atrás. Massiel ya estaba dentro, con el rostro endurecido, los ojos fijos en un punto invisible.
Ninguno de los dos habló durante los primeros minutos.
No hacía falta.
Dos hombres que habían perdido lo más valioso entendían el silencio mejor que cualquier palabra.
—¿Cuánto marca el rastreador? —preguntó Lissandro finalmente, ajustándose el arnés.
Massiel miró el dispositivo.
—Se activó hace menos de una hora —respondió—. Eso significa que Jamir está vivo… y consciente.
El corazón de Lissandro se aceleró.
—Anna debe estar ahí, lo presiento. Mi pequeña debe estar ahí —dijo con certeza—. Si está en ese lugar… los que la tienen en su poder rogaran piedad.
Massiel asintió.
—Mi hijo no sabe rendirse —respondió.
—Y mi mujer tampoco.
El helicóptero tomó altura. Abajo, la ciudad quedó reducida a lu