Las hélices comenzaron a girar mientras la noche se cerraba sobre la ciudad.
El viento levantaba polvo, hojas secas y el olor metálico de la sangre reciente. Lissandro subió al helicóptero sin mirar atrás. Massiel ya estaba dentro, con el rostro endurecido, los ojos fijos en un punto invisible.
Ninguno de los dos habló durante los primeros minutos.
No hacía falta.
Dos hombres que habían perdido lo más valioso entendían el silencio mejor que cualquier palabra.
—¿Cuánto marca el rastreador? —preg