Anna se sentó despacio al lado de Jamir.
El calabozo seguía igual: paredes frías, camas alineadas, el aire pesado de miedo contenido. Pero esa mañana, al menos por un instante, había silencio.
—¿Cómo te sientes hoy, cariño? —preguntó Anna en voz baja.
Jamir respiró hondo antes de responder.
—Mejor… —dijo—. Gracias por cuidar de mí.
Anna le dedicó una pequeña sonrisa. No era mucho, pero en ese lugar, un gesto así podía sostener a alguien un día entero.
La puerta se abrió de golpe.
Uno de los guardias entró con las bandejas de comida y las dejó sobre la mesa de siempre, con un ruido metálico. No se fue de inmediato.
Sus ojos se clavaron en Anna.
Caminó hacia ella con paso lento y, sin pedir permiso, le acarició el cabello.
—Pronto, preciosa… —susurró—. Pronto me dejarán tenerte. No sabes las ganas que te tengo.
Camilo reaccionó al instante.
—¡Suéltala! —gritó—. ¡No la toques!
El guardia se giró, sonriendo como quien mira algo insignificante. Volvió a Anna, le tomó el rostro y se inclinó