Anna se sentó despacio al lado de Jamir.
El calabozo seguía igual: paredes frías, camas alineadas, el aire pesado de miedo contenido. Pero esa mañana, al menos por un instante, había silencio.
—¿Cómo te sientes hoy, cariño? —preguntó Anna en voz baja.
Jamir respiró hondo antes de responder.
—Mejor… —dijo—. Gracias por cuidar de mí.
Anna le dedicó una pequeña sonrisa. No era mucho, pero en ese lugar, un gesto así podía sostener a alguien un día entero.
La puerta se abrió de golpe.
Uno de los gua