La primera explosión sacudió la montaña como un rugido antiguo.
Las torres de vigilancia se apagaron una a una. Luces que morían. Alarmas que no alcanzaron a terminar de sonar.
—¡Contacto! —gritó alguien por radio.
Los hombres de Lissandro entraron como una marea negra.
Silenciosos. Letales. Precisión absoluta.
Los guardias del complejo apenas tuvieron tiempo de reaccionar.
Disparos secos rompieron la noche.
Cuerpos cayendo entre árboles y concreto.
El aire se llenó de humo, pólvora y gritos a