La primera explosión sacudió la montaña como un rugido antiguo.
Las torres de vigilancia se apagaron una a una. Luces que morían. Alarmas que no alcanzaron a terminar de sonar.
—¡Contacto! —gritó alguien por radio.
Los hombres de Lissandro entraron como una marea negra.
Silenciosos. Letales. Precisión absoluta.
Los guardias del complejo apenas tuvieron tiempo de reaccionar.
Disparos secos rompieron la noche.
Cuerpos cayendo entre árboles y concreto.
El aire se llenó de humo, pólvora y gritos ahogados que morían antes de convertirse en palabras.
En el calabozo, el guardia que había estado acosando a Anna retrocedió un paso.
—¿Qué diablos…? —murmuró.
El suelo tembló bajo sus pies.
Anna avanzó un paso, erguida, con la mirada encendida.
—Te lo advertí —dijo con voz firme—Ahora corre… si puedes.
El hombre intentó sacar su arma.
Jamir fue más rápido.
Se lanzó contra él usando todo el peso de su cuerpo, empujándolo contra la pared. Camilo se sumó de inmediato. El guardia cayó, golpeándose la