La luz de la mañana se filtraba suavemente entre las cortinas, tiñendo la habitación de tonos dorados.
El aire olía a café recién hecho y al perfume de Lucciando que estaba en toda la habitación.
Él abrió los ojos lentamente.
A su lado, Aida dormía abrazada a él, con el rostro escondido contra su pecho.
Su respiración era tranquila, su cuerpo encajaba perfectamente con el suyo.
Él sonrió, dejando que la ternura lo invadiera por completo.
Le besó la frente con suavidad y deslizó los dedos por su espalda, dibujando pequeños círculos sobre su piel. Por un momento, se permitió olvidar todo lo demás: los hospitales, las cirugías, las misiones, los secretos. Solo quería quedarse ahí, en ese silencio perfecto donde el amor lo llenaba todo.
El sonido de una vibración rompió la calma.
El celular, sobre la mesa de noche, comenzó a vibrar con insistencia.
Lucciano suspiró y lo tomó con cuidado de no despertarla.
La pantalla mostraba un correo nuevo, con un remitente conocido.
Remitente: Do