Bienvenida Emilia.
La sala de parto estaba llena de respiraciones agitadas.
—Vamos, mi amor,, tú puedes —decía Mich, con los ojos fijos en ella, como si no existiera nada más en el mundo.
Isabella tenía el cabello pegado al rostro por el sudor. Su pecho subía y bajaba con dificultad.
—¡Aaaahhhh!
El grito desgarró el aire.
Mich secaba su frente con una gasa, apretaba su mano y la besaba una y otra vez.
—Vamos, princesa… tú puedes. Nuestro bebé viene. Un poquito más, mi vida, un poquito más.
La doctora levantó la v