Al fin paz.
Llegaron bañados, perfumados, impecables.
El olor a jabón caro y colonia masculina reemplazaba cualquier rastro de sangre o polvo. En las manos, dos cajas grandes: un pastel de chocolate oscuro brillante y otro de frambuesa cubierto con glaseado suave.
Al abrir la puerta, el calor del hogar los golpeó en el pecho.
Ese calor que no venía solo de la calefacción.
Venía de ellas.
Cruzaron el umbral y ahí estaban.
Anna y Agatha sentadas en la sala, envueltas en mantas suaves. Lucy tomaba té en una t