La medianoche del jueves había sepultado el triplex de la Torre Blackwood bajo una quietud densa y sepulcral.
En el exterior, la tormenta de invierno golpeaba los inmensos ventanales con ráfagas de agua nieve que hacían crujir los marcos de aluminio anodizado.
En el interior, el aire permanecía estático, impregnado del aroma a jazmín y cera de pulido que emanaba del ala norte, mezclado con el rastro gélido de la hostilidad latente que dictaba el pacto de convivencia fingida.
Faltaban menos de d