La tormenta de invierno que azotaba las estructuras de hormigón de la ciudad parecía haberse concentrado en el pasillo compartido del triplex.
Eran las dos de la madrugada del jueves, y el silencio sepulcral que dictaba el pacto de convivencia fingida se sentía más denso que nunca.
En el ala norte, las luces se habían apagado tras las extenuantes jornadas de la semifinal.
Dejando el nido de los mellizos bajo la única custodia del humidificador ultrasónico y las cámaras encriptadas que la red de