El Gran Pabellón de Cristal del Centro de Exposiciones Internacionales del Norte se había transformado en una monumental fragua de alta costura y metalurgia de precisión.
Bajo una estructura de bóvedas acristaladas que desafiaban la gravedad, la luz pálida del invierno se mezclaba con el fulgor eléctrico de los reflectores dirigidos.
El aire estaba saturado de una atmósfera densa, cargada del aroma a ozono de los soldadores, decapantes químicos y el murmullo expectante de los peritos de la Fédé