La oficina de la dirección de Tiempo Recobrado permanecía en un silencio sepulcral, roto únicamente por el rítmico parpadeo de las pantallas de seguridad que vigilaban los accesos al edificio.
Sentada frente a su escritorio de ébano, Seraphina Sinclair observaba una ampolla de vidrio sellada al vacío que descansaba sobre un paño de terciopelo negro.
La luz de la luna, filtrándose por los amplios ventanales, arrancaba destellos plateados al metal de su gubia de titanio.
Su rostro, frío e inmutab