La tormenta financiera que Alaric Blackwood había ignorado durante semanas finalmente rompió sobre los techos de cristal de la Torre Blackwood con la fuerza de un huracán.
En la sala de juntas del cuadragésimo piso, el silencio habitual de la alta alcurnia corporativa había sido reemplazado por el parpadeo frenético de los monitores de Wall Street.
El color rojo dominaba las pantallas.
Las flechas apuntaban hacia abajo, dibujando una línea descendente que parecía no tener fin.
Jaxon entró al de