La sala de espera de la clínica genética era un espacio aséptico que pretendía transmitir calma mediante paredes de un azul pálido y música ambiental casi imperceptible.
Sin embargo, para Alaric Blackwood, ese lugar se sentía como una celda de aislamiento donde el tiempo se estiraba de forma perversa.
El laboratorio ya había tomado las muestras de saliva y sangre de los mellizos; las agujas ya habían cumplido el mandato del tribunal, y ahora solo restaba esperar el preinforme de filiación oblig