Alaric depositó a Seraphina sobre las sábanas con una mezcla de brusquedad y un cuidado que se negaba a reconocer.
La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la pálida luz de la luna que se filtraba por el ventanal, dándole a la piel de Seraphina un brillo casi etéreo.
Pero el ambiente no era tranquilo; ella se removía con inquietud, quejándose en voz baja.
—Calor... hace demasiado calor —murmuró ella, con las mejillas encendidas por el alcohol y la agitación de la noche.
Antes de que