El sol de la mañana comenzaba a castigar los ojos de Seraphina, pero su atención estaba centrada únicamente en el hombre que yacía encogido en el sofá.
El contraste era doloroso: Alaric Blackwood, el titán de los negocios, el hombre que caminaba por la vida como si el mundo le debiera pleitesía, estaba ahora reducido a una figura trémula y febril.
—Alaric... Alaric, despierta —susurró ella, tocando su hombro.
Él emitió un gruñido sordo, sus pestañas vibrando contra sus mejillas encendidas.
Sera