El Salón de los Espejos del Hotel Ritz de París destilaba una opulencia fiduciaria y aristocrática que parecía suspendida en el tiempo.
Bajo las inmensas molduras de pan de oro y las lámparas de cristal de Baccarat que proyectaban una luz cálida, refractada hasta el infinito por los paneles espejados de las paredes, se congregaba la élite de la Fédération Internationale de la Haute Joaillerie.
El aire estaba saturado de perfumes caros, el tintineo de copas de champán de cristal fino y un murmul