La pista de aterrizaje del aeropuerto de París-Le Bourget se extendía como una interminable lámina de asfalto negro y brillante bajo una lluvia helada que caía oblicua, empujada por las ráfagas del invierno francés.
El agua, al tocar las alas metálicas del reactor privado del Grupo Blackwood, se congelaba casi de inmediato en una fina costra de escarcha rancia.
El aire de la terminal secundaria estaba saturado con el olor rancio de los combustibles de aviación y el siseo amortiguado de las turb