La mansión Sinclair resplandecía bajo una iluminación blanca, fría y quirúrgica.
Siguiendo las órdenes de Serena, cada rincón había sido decorado con orquídeas níveas y sedas del mismo tono.
El código de vestimenta era absoluto: un mar de invitados moviéndose como fantasmas aristocráticos, brindando con champán por una pureza que ninguno de los presentes poseía realmente.
Alaric Blackwood estaba de pie cerca de la gran escalinata.
Su traje blanco, de un corte impecable, acentuaba su figura impo