El blanco del techo del hospital era distinto al blanco de la fiesta de Serena.
Aquel era un blanco festivo, una máscara de pureza comprada con dinero y mentiras; este era un blanco estéril, frío, que olía a desinfectante y a verdades inevitables.
Seraphina abrió los ojos lentamente, sintiendo que sus párpados pesaban como planchas de plomo.
El zumbido en sus oídos fue reemplazado por el rítmico pitido de un monitor cardíaco que parecía contar los segundos de una vida que ya no reconocía como p