El tic-tac del reloj de pared en el Juzgado Tercero de Familia no era un sonido; era un verdugo que medía el tiempo con la regularidad de una sentencia de muerte.
Setenta y dos horas.
Ese era el plazo fatal que el juez había otorgado antes de proceder a la disolución del matrimonio por rebeldía, amparado en el dictamen negativo del laboratorio de genética.
Tres días en los que el imperio Blackwood debía decidir si firmaba su propia capitulación legal o si se hundía definitivamente en el fango d