El resplandor ámbar de las pantallas financieras de la nueva firma de inversiones de Finn cortaba la penumbra del ático con la precisión de un bisturí.
Afuera, la lluvia de invierno continuaba azotando los cristales, tiñendo los rascacielos del distrito con un tono grisáceo y melancólico.
En los monitores principales, las acciones del Grupo Blackwood parpadeaban en un rojo sangriento, registrando una caída libre que amenazaba con arrastrar consigo el ecosistema corporativo de toda la región.
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