La medianoche había sepultado a la ciudad bajo un manto de niebla helada, pero en el cuadragésimo piso de la Torre Blackwood las luces de emergencia seguían parpadeando con un brillo espectral.
El silencio en el despacho presidencial era absoluto, roto únicamente por el rítmico y lejano golpeteo de la lluvia de invierno contra los inmensos ventanales de cristal.
Afuera, el imperio financiero ardía; adentro, el rey de ese imperio desmoronado permanecía inmóvil frente a su escritorio de caoba.
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