El primer presagio fue el silencio.
Ni los dragones de Ysera ni los centinelas vampíricos de Drak podían explicar el repentino vacío de sonido que se extendió como una niebla densa sobre la fortaleza. Elzareth se irguió, su cuerpo tensándose como el arco de una tormenta a punto de estallar.
—Viene del cielo —susurró—. Lo siento en mis huesos.
Un instante después, el firmamento se resquebrajó con un estallido dorado. Una grieta de luz se abrió sobre la montaña, y de ella descendió un ser imponent