La luna plateada se alzaba alta sobre el reino, bañando las torres oscuras y los vitrales encantados con su luz líquida. Elzareth se encontraba en los aposentos que Drak había mandado preparar para ella… pero el silencio del lugar no la apaciguaba. Su cuerpo ardía aún con los recuerdos del paseo, del roce de sus manos, de las miradas que no se esquivaban.
Un golpe suave en la puerta la sobresaltó.
—¿Puedo pasar? —La voz grave de Drak retumbó como eco en su pecho.
—Si —respondió ella sin pensar,