Elzareth despertó antes del alba. La tierra estaba húmeda por el rocío, y un silencio extraño cubría el bosque como un sudario. No era paz lo que sentía… era la anticipación densa de un nuevo combate. El cielo aún no clareaba cuando se puso de pie y observó las casas de la aldea desde la colina. Algunas paredes seguían humeando de los ataques de la noche anterior, y en el aire flotaba el persistente olor a azufre y sangre. Aun así, la mujer se mantuvo firme.
Sus nudillos aún estaban magullados.