El amanecer traía consigo una falsa calma. En las murallas del Reino de Sangre, la bruma del alba se elevaba como un velo espectral, y mientras las tropas reforzaban sus posiciones, Drak no podía arrancarse de la mente el recuerdo de Elzareth. Aquella mujer salvaje, indomable, que había surgido del agua como un susurro del destino, lo había marcado más de lo que cualquier batalla en sus dos mil ochocientos años de existencia.
Antes de que pasaran dos días desde su regreso al reino, Drak dio órd