Una noche, ya cerca de las colinas bajas que antecedían al Reino de Sangre, el grupo acampó en un antiguo santuario en ruinas. La luna brillaba intensamente y Drak, como ya era costumbre, se alejó en soledad. Caminó entre piedras talladas con lenguas olvidadas, y se sentó frente a una fuente seca.
—Te vi, pero no te conozco —susurró al viento—. No sé quién eres, pero cada parte de mí clama por ti.
Recordó el calor de su piel, la fuerza con la que había escapado, la dignidad en su mirada cuando