Desde pequeña, Elzareth fue criada entre los humanos, protegida por el silencio y la devoción de su aldea. Su existencia era un secreto sagrado. Aunque su poder aún no había despertado del todo, las marcas estaban ahí: su fuerza sobrehumana, la sensibilidad mágica que la conectaba con el bosque, y su habilidad para desvanecerse como humo cuando el peligro se acercaba. Los aldeanos la amaban, no como una figura mítica, sino como una hermana, una hija, una protectora. Por eso guardaron silencio.