En la superficie, Ethan seguía sin dormir. Tenía ojeras marcadas, la ropa sucia por el lodo del bosque, y el ceño fruncido de quien se niega a rendirse.
Estaba de pie frente al árbol donde se había desvanecido el rastro. Los rastreadores se habían dispersado buscando alguna grieta, alguna cueva, alguna flor fuera de lugar que pudiera indicar una entrada al mundo de las ninfas.
—No está aquí —murmuró uno de ellos—. Lo escondieron bien.
Ethan cerró los ojos y colocó su mano sobre el tronco.