La mañana siguiente amaneció con el cielo cubierto de nubes plateadas. El canto de los pájaros del bosque envolvía el santuario con una calma momentánea, casi ilusoria. Adelia y Ethan se despertaron lentamente, compartiendo un último abrazo antes de levantarse. Había llegado el momento de prepararse.
En el baño contiguo, entre besos perezosos, se refrescaron. Adelia pasó los dedos por la marca de su pecho, que ahora se veía como un dibujo tatuado con fuego blanco. Ethan la contempló con una son