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Capítulo 4: Un Segundo Demasiado Largo

Terminé mi jornada completamente agotada.

Me dolían los brazos.

La espalda.

Las piernas.

Y probablemente músculos cuya existencia desconocía.

Pero, por extraño que pareciera, me sentía mejor que durante los días que estuve encerrada en aquella

habitación.

Trabajar siempre había sido más fácil que pensar.

Pensar me llevaba inevitablemente a recordar a mi familia.

A recordar el contrato.

A recordar que seguía siendo una prisionera.

Trabajar mantenía mi mente ocupada.

Y eso era suficiente.

Salí de las caballerizas cargando una pequeña caja con herramientas que debía devolver al almacén.

El sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas.

El castillo se teñía de tonos dorados y anaranjados.

Era hermoso.

Demasiado hermoso para un lugar donde había perdido mi libertad.

Suspiré.

Y seguí caminando.

La caja pesaba más de lo que parecía.

Apenas podía ver por encima de ella.

Giré en una esquina.

Y choqué contra algo sólido.

O más bien...

Contra alguien.

La caja se inclinó.

Las herramientas comenzaron a caer.

— ¡No!

Intenté sujetarlas.

Mala idea.

Perdí el equilibrio.

Mi pie resbaló.

Y por un segundo estuve completamente segura de que iba a terminar en el suelo.

Pero nunca llegué a caer.

Una mano firme rodeó mi cintura.

Otra sujetó mi brazo.

Deteniendo la caída.

El tiempo pareció detenerse.

Levanté lentamente la mirada.

Y deseé no haberlo hecho.

El Rey Alfa.

Por supuesto.

Tenía que ser él.

¿Quién más podría arruinarme una tarde perfectamente tranquila?

El Rey Alfa me sostenía todavía.

Sus ojos oscuros estaban fijos en mí.

Demasiado cerca.

Mucho más cerca de lo que cualquiera de los dos debería estar.

Tragué saliva.

Odiaba admitirlo.

Pero de cerca era todavía más atractivo.

Maldición.

Su mandíbula perfectamente marcada.

La barba de apenas un día.

La intensidad de aquellos ojos.

Era profundamente injusto que una persona tan insoportable tuviera permitido verse así.

— ¿Piensas quedarte ahí toda la noche?

La voz de Asher rompió el momento.

Parpadeé.

Y descubrí que seguía sujetándome.

Mi rostro se calentó.

—Podrías soltarme.

Asher retiró las manos inmediatamente.

Como si acabara de recordar que me estaba tocando.

Como si aquello también le molestara.

Lo cual, por alguna razón incomprensible, me irritó.

Las herramientas seguían esparcidas por el suelo.

Los dos nos agachamos al mismo tiempo para recogerlas.

Nuestras manos chocaron.

Otra vez.

Los dos las apartamos inmediatamente.

Decidí que odiaba aquel día.

—Yo puedo hacerlo.

—Entonces hazlo.

—Lo estaba haciendo hasta que alguien decidió aparecer en medio del camino.

Asher levantó una ceja.

—Tú chocaste conmigo.

—Porque no podía ver nada.

—Eso parece un problema tuyo.

—Y tú pareces un problema para todo el mundo.

El silencio que siguió fue tan repentino que me arrepentí inmediatamente.

Un poco.

Solo un poco.

Asher me observó durante varios segundos.

Yo esperaba un castigo.

Una amenaza.

Algo.

Pero para mi sorpresa...

Una sonrisa apareció en una esquina de sus labios.

Duró menos de un segundo.

Tan breve que llegué a preguntarme si realmente había ocurrido.

Pero ocurrió.

Y por alguna razón, aquello resultó mucho más peligroso que cualquiera de sus amenazas.

—Termina tu trabajo.

Fue lo único que dijo.

Luego siguió caminando.

Como si nada hubiera ocurrido.

Como si yo no hubiera pasado los últimos treinta segundos olvidando cómo respirar.

Idiota.

Arrogante.

Insufrible.

Recogí la última herramienta.

Y seguí mi camino.

Aunque durante el resto del trayecto no pude dejar de pensar en la sensación de aquella mano alrededor

de mi cintura.

Lo cual era extremadamente molesto.

Asher cerró la puerta de su despacho con más fuerza de la necesaria.

Maldición.

Se pasó una mano por el rostro.

¿Qué demonios había sido eso?

Intentó concentrarse en cualquier otra cosa.

En los informes.

En las reuniones.

En impuestos.

En una guerra.

En literalmente cualquier cosa.

Inútil.

Seguía recordando el momento exacto en que casi cayó.

La forma en que había levantado la vista.

La forma en que lo había insultado.

Y lo peor de todo...

La forma en que había sonreído.

Alguien llamó a la puerta.

Asher ya sabía quién era.

—No.

La puerta se abrió igualmente.

Rowan entró.

—Buenas tardes para ti también.

— ¿Qué quieres?

—Venía a buscar algo.

— ¿Qué cosa?

—La razón por la que pareces tan molesto.

Asher volvió a sentarse.

—Estoy trabajando.

—Claro.

Rowan tomó una manzana de la mesa.

—Y yo soy el Rey Alfa.

— ¿No tienes nada mejor que hacer?

—Sí.

—Entonces ve a hacerlo.

—Lo estaba haciendo.

Asher lo miró.

Ya conocía esa expresión.

Y nunca traía nada bueno.

— ¿Qué hiciste?

—Nada.

—Rowan.

—Bueno...

Sonrió.

—Tal vez estuve un rato en las caballerizas.

Ahí estaba.

El problema.

— ¿Y?

—Nada.

—Entonces ¿por qué sonríes así?

—Porque creo que Bandido encontró una nueva amiga.

Asher sintió algo extraño en el pecho.

Algo parecido a molestia.

—Es un caballo.

—Exactamente.

Rowan tomó otro bocado de manzana.

—Y normalmente odia a todo el mundo.

Asher no respondió.

—Es curioso.

— ¿Qué cosa?

—Que Bandido y yo parecemos tener mejor opinión de la omega que tú.

La mandíbula de Asher se tensó.

—Sal de mi despacho.

Rowan soltó una carcajada.

—Eso pensé.

Y salió antes de que le lanzaran algo a la cabeza.

Otra vez.

Asher permaneció inmóvil.

Mirando la puerta cerrada.

Luego suspiró.

Porque lo peor era que Rowan tenía razón.

Y cuanto antes lo admitiera...

Más problemas tendría.

Y eso lo irritaba incluso más.

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