Cometí un error.
Uno estúpido.
Uno enorme.
Y lo supe en cuanto escuché los gritos.
— ¡Bandido no está!
Sentí que mi corazón golpeó suelo.
Literalmente.
Solté el saco que estaba acomodando y salí corriendo de la caballeriza.
— ¿Qué?
— ¡La puerta estaba abierta!
Dijo uno de los trabajadores.
— ¡Y Bandido desapareció!
No.
No.
No.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Porque yo había estado allí aquella mañana.
Había entrado.
Había salido.
Y de repente recordé.
Había escuchado a Valeria reír en