Mundo de ficçãoIniciar sessãoAl tercer día, finalmente abrieron la puerta.
Dejé el libro que ni siquiera estaba leyendo y levanté la vista.
Dos guardias esperaban en el pasillo.
—El Rey Alfa ha decidido qué hacer contigo.
No era exactamente una frase tranquilizadora.
Me puse de pie de inmediato.
— ¿Y qué decidió?
—Trabajarás.
Solté una carcajada.
¿Eso era todo?
Después de tres días encerrada esperando algún castigo terrible, la respuesta era trabajo.
Podía vivir con eso.
Los seguí por los largos pasillos del castillo hasta salir al patio principal.
El aire fresco golpeó mi rostro.
Por primera vez desde que llegué, me sentí capaz de respirar de verdad.
No había notado cuánto extrañaba el exterior.
El sonido del viento.
La tierra.
El olor de los árboles.
Incluso el barro.
Todo era mejor que cuatro paredes.
Caminamos varios minutos hasta llegar a un enorme edificio de piedra.
El olor me golpeó de inmediato.
Heno.
Cuero.
Caballos.
Una sonrisa apareció en mis labios antes de que pudiera evitarlo.
Los guardias se detuvieron.
—Las caballerizas del Rey Alfa.
—Ya lo noté.
—Tu trabajo será limpiar, alimentar a los animales y ayudar donde se te indique.
Observé el lugar.
Había pasado gran parte de mi vida trabajando.
Aquello no me parecía un castigo.
Uno de los guardias me observó con evidente sorpresa.
Probablemente esperaba que me quejara.
Qué decepción.
Una hora después, ya les había demostrado que sabía trabajar mejor que varios de los jóvenes que estaban allí.
Cargué sacos.
Moví cubetas.
Limpié establos.
Y organicé herramientas sin que nadie tuviera que explicarme nada.
Había crecido ayudando donde hiciera falta.
No era una dama noble.
Nunca lo había sido.
Mientras arrastraba un cubo lleno de agua, escuché a dos trabajadores murmurar.
—Pensé que iba a durar diez minutos.
—Yo aposté cinco.
Sonreí para mí misma.
Perfecto.
Que siguieran apostando.
Tomé el cubo y comencé a caminar.
Todo iba bien.
Demasiado bien.
Y eso debió haber sido una advertencia.
Porque apenas unos segundos después, la punta de mi bota se enganchó en una cuerda.
— ¡Ay, no!
El cubo salió volando.
El agua también.
Y terminé sentada sobre el barro frente a media caballeriza.
El silencio duró apenas un segundo.
Luego una carcajada resonó detrás de mí.
Una carcajada profunda.
Sincera.
Descarada.
Cerré mis ojos.
—Perfecto.
Volteé la cabeza.
Y encontré al dueño de aquella risa.
El mismo hombre que me había visitado días antes para llevarme comida.
Rowan.
Seguía riéndose.
Sin la menor intención de ocultarlo.
— ¿Terminaste?
Le pregunté.
—Todavía no.
Eso lo hizo reír más.
—Me alegra saberlo.
—Escucha, estabas haciéndolo tan bien que empezaba a preocuparme.
Tomé un puñado de paja.
—Si sigues riéndote te lo voy a lanzar.
—Eso no sería muy amable.
—Tampoco lo es burlarse de una prisionera.
Rowan levantó ambas manos.
—Tienes razón.
Hizo una pausa.
—Fue divertidísimo.
Terminé lanzándole la paja de todos modos.
Rowan esquivó el ataque con facilidad.
—Mucho mejor.
— ¿Qué cosa?
—Ahora pareces una persona normal.
Rodé los ojos.
—Empiezo a pensar que hablas demasiado.
—Y yo empiezo a pensar que te gusta escucharme.
—Eso jamás.
—Claro.
La sonrisa de Rowan se amplió.
Estaba a punto de responder cuando un resoplido llamó mi atención.
Volteé.
Y me quedé inmóvil.
El caballo más impresionante que había visto en mi vida me observaba desde el establo más grande.
Negro.
Gigante.
Musculoso.
Con una presencia casi tan intimidante como la de su dueño.
—Vaya...
Rowan siguió su mirada.
Y sonrió.
—Ese es Bandido.
El caballo avanzó un paso.
Me acerqué lentamente.
—Es hermoso.
—Y lo sabe.
Bandido resopló.
Como si estuviera de acuerdo.
Solté una pequeña risa.
Metí mi mano en el bolsillo de mi delantal.
Todavía conservaba una manzana que había guardado del desayuno.
La extendí.
Bandido la olfateó.
Y segundos después la aceptó.
Rowan arqueó ambas cejas.
—Eso fue rápido.
— ¿Qué?
—Normalmente tarda más en decidir si alguien le agrada.
Bandido apoyó suavemente el hocico contra mi hombro.
Como si acabara de tomar una decisión.
—Creo que ya decidió.
Acaricié su cuello.
Y por primera vez desde que había llegado al castillo...
Me sentí tranquila.
En otra parte del castillo.
Desde una ventana del segundo piso.
El Alfa observaba.
No debería haber estado allí.
No debería haber mirado.
No debería haberle importado.
Y aun así...
Allí estaba.
Con los brazos cruzados.
Observando las caballerizas.
Observándola a ella.
La vio caer.
La vio discutir con Rowan.
La vio reír.
Y algo extraño ocurrió.
Porque aquella era la primera vez que la veía sonreír.
No parecía una prisionera.
No parecía una enemiga.
No parecía la omega que había puesto su mundo de cabeza.
Solo parecía...
Feliz.
Y por algún motivo, aquello le resultó más difícil de ignorar que cualquier discusión.
La sensación resultó incómoda.
Molesta.
Peligrosa.
Entonces Rowan volvió a acercarse a ella.
Y algo desagradable se removió en su interior.
Una irritación inmediata.
Injustificada.
Su mandíbula se tensó.
— ¿Qué demonios haces?
Murmuró para sí mismo.
No estaba seguro de si le hablaba a Rowan.
O a él mismo.
Porque una parte de él quería alejarse de aquella ventana.
Y la otra seguía observando.
Incapaz de apartar la mirada







