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Capítulo 5: Una Distracción Peligrosa

Descubrí algo terrible al día siguiente.

No podía dejar de pensar en ello.

Intenté concentrarme en mi trabajo.

Lo intenté de verdad.

Las caballerizas necesitaban limpieza.

Los caballos necesitaban comida.

Los cubos necesitaban agua.

Y Bandido, como siempre, parecía decidido a complicarme la existencia.

Pero cada pocos minutos mi mente regresaba exactamente al mismo lugar.

A los mismos brazos.

A las mismas manos.

A los mismos ojos.

—Maldición.

Murmuré.

Llenando un cubo de agua.

Porque aquello era ridículo.

Completamente ridículo.

Asher me había atrapado para evitar que me cayera.

Nada más.

Cualquier persona habría hecho lo mismo.

¿Verdad?

Entonces...

¿por qué seguía recordándolo?

¿Por qué seguía sintiendo aquel extraño calor en el estómago?

¿Por qué seguía viendo aquellos ojos oscuros cada vez que cerraba los míos?

Bandido resopló.

Como si estuviera juzgándome.

—No empieces tú también.

Le dije al caballo.

Bandido volvió a resoplar.

Claramente no estaba de acuerdo.

—Hablas sola.

Comentó una voz detrás de mí.

Di un pequeño salto.

— ¡Por la Luna!

Rowan soltó una carcajada.

—Definitivamente hablabas sola.

—No estaba hablando sola.

—Claro que sí.

—Estaba hablando con Bandido.

—Eso es peor.

Puse los ojos en blanco.

Porque discutir con Rowan era una batalla perdida.

Siempre.

Rowan apoyó los brazos sobre la cerca.

Observándome.

Demasiado atento.

Demasiado curioso.

Demasiado Rowan.

—Estás rara.

—No estoy rara.

—Llevas cinco minutos echando agua al mismo cubo.

Bajé la vista.

El cubo efectivamente ya estaba rebosando.

—Oh.

—Ajá.

—Fue un accidente.

—Claro.

Respondió Rowan.

Sonriendo.

—Todo esto parece muy accidental.

Agarré el cubo.

Intentando marcharme.

Intentando escapar.

Intentando evitar aquella conversación.

Mala idea.

Porque Rowan caminó detrás de mí.

— ¿Qué pasó?

Preguntó.

—Nada.

— ¿Segura?

—Sí.

— ¿Tiene nombre ese nada?

Estuve a punto de tropezar.

Otra vez.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Rowan sonrió.

Como un lobo que acababa de encontrar algo interesante.

Y eso jamás era una buena señal.

—Fue Asher.

Declaró.

Boom.

Casi deje caer el cubo.

— ¿Qué?

—Sabía que era Asher.

— ¿Por qué tendría que ser el Rey Alfa?

— Porque siempre que te pones así termina siendo culpa suya.

Aquello era un punto bastante válido.

Y lo odiaba.

—No pasó nada.

—Claro.

—Nada.

—Por supuesto.

—Rowan.

—Elena.

—Eres insoportable.

—Lo sé.

Respondió él.

Orgullosamente.

Cuando finalmente conseguí librarme de Rowan...

Descubrí que aquello no había solucionado nada.

Porque ahora estaba sola.

Y cuando estaba sola...

Pensaba.

Y cuando pensaba...

Recordaba.

Recordaba el momento exacto en que perdí el equilibrio.

La fuerza de los brazos de Asher sujetándome.

La firmeza de su mano en mi cintura.

La forma en que me había mirado.

Aquellos segundos interminables.

—Fue un accidente.

Murmuré.

Intentando convencerme.

—Nada más.

Mi corazón no parecía muy convencido.

Mientras tanto.

En otra parte del castillo.

Asher estaba teniendo exactamente el mismo problema.

—Llevas diez minutos mirando esa pared.

Comentó Rowan.

Asher no respondió.

—Empiezo a preocuparme.

—Estoy pensando.

— ¿La pared te está ayudando?

Asher lanzó una mirada asesina.

Rowan sonrió.

Como siempre.

— ¿Qué quieres?

Preguntó el Alfa finalmente.

—Nada.

—Mentira.

—Bueno.

Tal vez quiero saber qué te tiene tan distraído.

Silencio.

Porque Asher sabía perfectamente qué lo tenía distraído.

O mejor dicho...

Quién.

Y aquello era un problema.

Un problema enorme.

Porque llevaba toda la mañana recordando el momento en las en el pasillo.

La caída.

La cercanía.

El aroma.

Maldición.

Especialmente el aroma.

Su lobo había reaccionado.

No demasiado.

Solo un instante.

Pero suficiente para que lo notara.

Suficiente para que le molestara.

Suficiente para que no pudiera dejar de pensar en ello.

—No estoy distraído.

Mintió.

—Claro.

Respondió Rowan.

—Y Bandido aprendió a leer.

Asher ignoró el comentario.

O intentó hacerlo.

Porque por alguna razón cada vez resultaba más difícil ignorar cualquier cosa relacionada con Elena.

Y aquello era exactamente el problema.

Aquella noche.

Cuando finalmente se quedó solo.

Intentó trabajar.

Fracasó.

Intentó leer.

Fracasó.

Intentó dormir.

Fracasó todavía más.

Porque cada vez que cerraba los ojos...

Volvía a verla.

Aquellos ojos.

Aquella expresión sorprendida.

La forma en que había encajado perfectamente entre sus brazos.

Maldición.

Aquel momento había durado demasiado.

Aquello era una distracción.

Una muy peligrosa.

Y por primera vez...

Asher empezó a sospechar que el verdadero problema no era Elena.

Era que cada día le resultaba más difícil ignorarla.

Y eso era algo que no estaba dispuesto a aceptar.

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