El día había sido extraño. Desde la mañana, el cielo se había cubierto de nubes grises y pesadas, como si el mismo firmamento sintiera la tensión que se respiraba en la mansión. Ximena no había bajado a desayunar, y la señora Ferreira se movía con un silencio inusual.
Yo había pasado la tarde con Thiago, ayudándolo a dibujar dinosaurios en su habitación. Su risa, siempre tan pura, era el único refugio que encontraba. Pero incluso él parecía notar que algo no iba bien, porque de vez en cuando me