La brisa del atardecer acariciaba mi rostro mientras caminaba por el jardín de la mansión Pierro, sintiendo que la felicidad que llevaba dentro era tan inmensa que apenas podía contenerla. Los días desde la confesión de Yerald habían sido un sueño: las risas de los niños, las sonrisas cómplices de mi abuela, la mirada de Yerald que seguía mis movimientos como si yo fuera el centro de su universo.
Pero él había estado reservado los últimos días, con un brillo especial en los ojos que no lograba